- Claro, un lugar... te fijas, desde el nombre. Yo lo conozco, bien. - Contáme. (En realidad no sé si dije esto, pero como si lo hubiera dicho) -Mi papá, en semana santa, traía a todos los trabajadores al Majahual, yo venía también, lo acompañaba. (El papá de Matías ya murió. Matías también fue niño) -¿Cómo era? - Como supongo sigue siendo. Sucio, desordenado. Muchos borrachos en permanente riesgo de ahogarse. Gente bañándose con ropa. Recuerdo sobre todo a un niño que se hizo pupú, en la playa, junto a las olas bajitas. Y el pupú resbalándole por las piernas. Un lugar... confuso.
Nuestras conversaciones suelen ser así. Nos carcajeamos poco, sonreímos indefinidamente. El sarcasmo y la ironía se dan por sentado y es por ratos agobiante. El ingenio que no es alegre, cansa -aprovecho para citar a Pushkin-. Pero el ingenio dirigido contra uno mismo, es humor, Maurois.
El auto no tiene radio. Vamos oyendo música en una laptop. En una laptop diminuta. Se descargó. Yo dije entonces: la hubiésemos cargado en Mama Con. Le había dicho exactamente lo mismo antes, cuando salimos de casa. La hubiésemos cargado en la casa. Nada que decir.
Quizás: Mama Con. No aporta del todo al relato, pero me detendré en el almuerzo. Gonzalo vio de reojo - por suerte pura, que no es lo mismo que pura suerte- un letrero que decía Mama Con. Repitió entonces en voz alta, maquinalmente, como si un particular demonio saliera por su garganta: Mama Con. Lo dijo una tercera vez, esta vez muy bajito.
¡Matías! Tenemos que ir ahí. Ese lugar es verdaderamente mítico. Mi papá nos llevo una vez cuando éramos niños. Hicimos muchos chistes al respecto, recuerdo, creo que hasta nos resentimos un poco con él. No sé bien por qué, supongo que queríamos que parara en un Macdonalds. - Y tú estudiabas en El Roble,- pregunté, ya conociendo sus anécdotas y el meollo de las anécdotas o lo que él entiende por el meollo. -No, - me dijo- en Nabajal, pero sí, en un colegio del Opus Dei.
Así que dí la vuelta -algo que al recordarlo deseé no haber hecho imprudentemente- y enfilamos. Una vereda, un típico camino rural, tierra, barro, jóvenes bromeando reunidos ¿semidesnudos?, varios montando en bicicleta. Un típico camino rural concurrido. Y ya bastante adentro, arribábamos a Mama Con. Dejamos el carro en cualquier parte, e inspeccionamos el local. Había poca gente, era tan precario como imaginábamos - y deseábamos-, así que nos sentamos, casi satisfechos de antemano. (Casi podría decir felices, ¿se fijan?)
-Gonzalo, no me ha decepcionado- Le dije -Sin duda, aquí teníamos que venir. (Música al fondo. ¿Al fondo de qué? Al fondo de la selva y del monte que cortará alguien algún día, de las entrañas de un mosquito, del vacío de un mar de miniatura.) Llega el mesero. Unos treinta años, simpático sin querer serlo, tal como debe ser. Sonriente, atento. -Buenas, disculpe una pregunta, no vaya a ser que nos hayamos confundido. Podría usted decirnos... ¿cuánto tiempo lleva este lugar, funcionando, sirviendo, Mama Con? -Mmm unos sesenta, cincuenta años. Lo ha dicho con sinceridad.
-Pónele cincuenta. Medio siglo perdido en esta maraña, acorazado, atrincherado. - Gonzalo, es sorprendente, no sé qué pensar- dijo Matías sin rastro de ironía. -¿Que conclusión habría que sacar? ¿Mama Con va a enterrar al McDonald’s quizás?
(Justo cuando terminó de articular estas palabras, cierta hiena en cierto zoológico reía como hiena. Sí, me dirán que eso no es tan sorprendente. Pero en cambio, óiganlo bien, es verdadero. Hay testigos.)
Suena una canción, un éxito del verano, del verano pasado quizás. Hace alusión a tangas, a un verano azulado o azulino o por ratos marcadamente azul, rockstars ¿? y la ausencia de tabúes. Termina y comienza a hablar la locutora: -Bueno amigos, les comentó que el Barcita ganó, cuatro a uno. Así que para que estén contentos, el Barcita ha ganado nuevamente. Les recuerdo para los que son católicos y también para los que no lo son, que en esta semana santa hay que acordarse de Dios. Del Diosito que día a día nos regala los ojos, la luz, la compañía de nuestros seres queridos... - La compañía de nuestros seres queridos... ¿qué significa esa frase hecha? Matías no respondió.
Todas las hienas de todos los zoológicos del mundo ríen simultáneamente. No hay manera de comprobarlo.
-Entonces dije : Mejor que les diga algo así Gonza: acuérdense de Dios así como se acuerdan del Barcita. Así como estamos contentos con el Barcita, así como seguimos al Barcita, acordémonos de Dios. ¿Ah? De verdad que es el opio del pueblo. - Sí, no hay duda de que es una religión en toda regla. Una religión neopagana. Que les diga: démosle gracias al Dios que nos deja amar y disfrutar de esa manera tan irracional con el Barcita. Y por lo visto es una emisora católica. Yo le recomendaría también, que si quiere que la gente viva un poco menos mundanamente la semana santa, que no ponga ese tipo de música. Eso está a su alcance. (Cualquier hecho por fútil que parezca es milagroso, porque tuvieron que suceder billones de hechos previos para que este se diera) ¿Te diste cuenta Gonza? Esa canción, la que acabamos de oír, es tan básica que su único mensaje es que si sós una señorita, ojala te desates de la manera más desaforada posible. Si es posible, no importa si estas en la playa, inmediatamente, o ya no se diga en la discoteca, que comencés si es posible a fornicar con ropa.
Continuó diciendome Matías: -Siempre me ha entusiasmado el pescado. Me entusiasma más de lo que me gusta realmente. Por el hecho que solamente hay que pescarlo, sentarse un rato y esperar y tenerlo ahí. Dios, si existe, multiplica todos los días los peces. ¿Para qué queremos milagros? Y bueno..¿Para qué se querían apropiar los comunistas del capital, de las máquinas? ¿No legitimabas así la explotación del hombre por el hombre? Si no querés ser lobo, no comás del plato ensangrentado del lobo. A explotar la naturaleza como Dios quiso, nomás. A apropiarse del mar, un día los comunistas se declaran dueños del mar. ¿Hubiese sonado terrible ah? La gente murmurando: dicen que los comunistas quieren el mar. ¿Cómo el mar? Sí el mar, solo van a dejar que lo veas. Para que el mar pertenezca al pueblo. Ya pertenece a el pueblo dirán. No, aún no, dirían ellos, eso es lo que te han hecho creer hasta ahora. Solo el Estado puede pescar. Solo la dictadura del proletariado puede decidir que se hace con el mar, con su agua salada, con sus estrellas de mar desperdigadas, con sus castillos de arena del futuro y del pasado. ¿Pero podremos verlo? Solamente de lejitos. Las personas solo podrán estar junto al mar si se relacionan con Él de una manera no alienante. Jamás como turistas, jamás como viajantes, jamás como constructores de castillos. ¿Entonces cómo? En su calidad y rol de pescadores, por supuesto. ¿Por qué el partido comunista quiere que todos seamos pescadores? No, no se ha entendido bien, en lo absoluto sería ese el deseo del partido. Solo tendrán que ser pescadores en cuanto a El mar.
Tampoco aporta tanto a la historia, pero veníamos escuchando a Joe Crepúsculo, su super aclamado disco bautizado Super Crepus. Y Joe cantaba: No es fácil a - a- a- mar en tiempos de democracia/ cuando la mora - a - a- l ha perdido toda su eficacia y esplendor/ social. La democracia es un abuso de la estadística. No lo podes decir así en una canción pop. Otra vuelta de tuerca y nos volvemos locos. Pero nos hemos quedado sin música. Y aquí arribamos a la parte esencial de nuestro relato.
No íbamos a empezar a cantar. Conozco a Matías, nunca cantaría conmigo a capela y lo felicito por ello. Le señalo el librito que tengo enfrente, casi a la par del timón. La obra poética de Borges, el tomo tres, 1975-1985.
Yo no hubiese escogido ese. Al parecer lo abrió al principio, en las primeras páginas. No se hace así, al menos no con los libros de poesía. Lo abres en medio con las dos manos y después dejas que las hojas sigan corriendo al lado que prefieran, a cualquiera de los dos lados. Generalmente encuentras un poema muy bueno. El azar dignifica todo, el azar convierte en monstruos a las cucarachas. Matías leyó el poema. Es un poema cortito sobre una espada, un guerrero ¿vikingo quizás? y un confuso sueño. Termina diciendo: anoche maté a un hombre en Brunanburth.
Lo terminé de leer, creo que con buena entonación . Gonzalo me dijo - Gracias, gracias, a ver... y me hizo un ademán amable, para que le entregara el libro. Piensa leerlo mientras maneja. Vamos rápido, pero no tan rápido.
Abro el libro por la mitad. Matías no me dice nada. Es un poco imprudente, lo sabemos los dos, pero señalarlo estaría de más. Por eso somos amigos, supongo.
Las hojas las voy moviendo hacia la derecha. Llego a "El remordimiento". No es de mis favoritos, pero lo conozco perfectamente. Habla de pecados, de arrepentimiento, de olvido. De Leonor, su madre. Del arriesgado y hermoso juego de la vida. Del arte que entreteje naderías. Termina diciendo: Siempre está a mi lado/ la sombra de haber sido un desdichado.
Y hacia abajo tenemos el mar, desencajado. Lee el poema. Le comento que a Borges no le gustaba tanto este poema, que lo sentía seguramente muy cursi. Le cuento de la gente que me dice: ¿Te gusta Borges? a mí me encanta: él escribió mi poema favorito. Y yo asiento con curiosidad, esperando con sincero interés, queriendo oír más. Y el poema favorito de esta gente es "Instantes". María Kodama ha intentado con tesón borrar la existencia de ese poema apócrifo. Con igual tesón que a Susana Bombal, Cecilia Ingenieros o a Estela Cantó de la memoria de Georgie. Una cadena falsa atribuye este poema Instantes -este sí increíblemente cursi- a Borges. Le cuento como ese "poema", llamado "Instantes" consiste en el reflejo perverso del poema que acabamos de leer. -Algo muy borgeano si uno lo piensa, porque, como bien sabés, le fascinaban y al mismo tiempo le horrorizaban los espejos. - "Los espejos y la procreación, que multiplican la realidad", acotó virtuosamente Matías. – Exacto. Bueno, el caso es que la leyenda dice que supuestamente Borges al escribirlo está a punto de morir -confiesa al final del poemita tener ya ochenta y cinco años- y en resumen se arrepiente de no haber sido feliz. O más feliz, no sé. De no haber hecho muchas cosas, cosas inexplicables al estilo de: correr más riesgos, contemplar más atardeceres, comer más helado y menos habas ¿? ¿Te podes imaginar? Una venganza muy democrática, ¿no creés?
Le advierto a Matías que no tenemos gasolina, que tenemos muy poca. Él se lo toma con su buen humor habitual, un humor cuyo mejor combustible es precisamente este tipo de miserias.- Per aspera ad astra, Gonza; me dice, riendo y mintiendo en el fondo. Ya estamos obviamente muy atrás de la última gasolinera, así que tenemos que seguir sin más, hasta el final. Además ya se va acabar la tarde. -Claro así, ahí vamos, al final. Pasamos por el Palmarcito. La perla.
Llegamos a una gasolinera. Lo celebramos como si hubiéramos descubierto América, esas Indias equívocas. ¿Conoces los Cóbanos, Matías? - No. ¿Pero se parece a Salinitas, o no? -No, no Matías- respondí- son lugares totalmente distintos, completamente. - Yo digo porque está a la par , repusó Matías –A la larga todo está a la par de todo. - repusé yo como un loro maligno.
- Te creo. Pero fíjate. ¿Ves donde termina esta playa?; ahí bordeando tiene que haber menos gente.
Intentamos bordear la playa, caminando entre las piedras, - Matías estaba descalzo- y encontramos al otro lado una mucho menos llena. Era divertido, porque mientras sorteábamos el camino de piedras no podíamos saber qué nos esperaba y las olas casi nos botaban por ratos. Pero cada vez que completábamos el rodeo, se divisaba una playita menos llena. Unas seis personas, un poco de basura. Creo que bordeamos unos seis montículos rocosos, pero no sentimos el tiempo, al menos yo no. Arribamos entonces a la más pequeña y solitaria de todas las playas, y esta sí, parecía virgen.
Eran las cinco de la tarde y aún flotaba un sol tenue y tristón.
Luego de felicitarnos como si hubiéramos alcanzado la gloria eterna, de abrazarnos como bobos y reírnos sinceramente y confirmarnos uno tras otro, por turnos, durante un tiempo considerable, lo audaces e inteligente que éramos, nos sentamos frente al mar. Solo hasta entonces fue que Matías me confesó que caminar descalzo por esas piedras porosas había sido un vía crucis. Así me dijo. Me dio un poco de tristeza, de la mala, porque me sentí egoísta. Luego, inspeccionamos el lugar y no tardamos en descubrir más problemas en el paraíso. Atrás de la arena había una construcción abandonada. Maleza encima de muros derruidos y de pilares sin paredes, de boquetes de aire y de ladrillos. Ruinas. No ruinas arqueológicas, no ruinas de alguna civilización colonial o precolombina. Apenas ruinas de una modesta construcción moderna. Ruinas del presente. Quizás un centro de vacaciones para trabajadores de algún sindicato, completamente abandonado.
Otra cosa nos llamó aun más la atención y terminó de sosegar nuestro entusiasmo: del centro exacto de la piedra que bordeamos salía un tubo, un tubo enorme. Pensamos, un poco asqueados, que podría ser de aguas negras. Era un tubo grueso- como la cañería del lavamanos de un gigante- que se adentraba por lo menos unos quinientos metros, primero visiblemente y después parecía hundirse o truncar. Quién sabe. Matías aventuró que podría ser de una fábrica. Me pareció una incoherencia, no hay industrias por ahí que yo sepa, al menos no todavía. Decidimos, de todas maneras, meternos al mar. Yo no tenía traje de baño, así que opté por hacerle un ruedo a mis pantalones y probar. Matías llevaba un short que había comprado en el camino. Descubrió, entre avergonzado y risueño, que jamás le iba a quedar, que era muy pequeño. Decidió cambiármelo por mis pantalones. Hicimos el trueque. Me dijo, que por supuesto, me lo regalaba. Entramos al agua.
Desde el principio, no se nos escapó otro hecho que no por real, era menos preocupante: el agua estaba anormalmente caliente, lo más parecido a una sauna. Luego nos dimos cuenta a la vez, que bajo el agua, en toda la superficie habían rocas, eso sí, al menos todas lisas. Mientras nos adentrábamos fuimos convenciéndonos de que habían piedras incluso muy lejos de la playa, por lo que nos hicimos la idea de que por más que avanzáramos, siempre tendríamos que estar más o menos en cuclillas. Yo ya estaba bastante adentro del mar, pero incluso ahí, si quería ponerme de pie, parecía estar caminando sobre las aguas. Matías iba un poco atrás y en un momento en que me tenía más cerca, me gritó. -Gonza ya sé porque está tan caliente. - ¿Por los desechos tóxicos de ese tubo?, dije intentando adivinar con torpeza. -No, no; por las piedras. La cosa es así, Gonza, ponga atención: Cuando la marea estaba baja, todas esas piedras estaban al descubierto. El sol las calentó toda la tarde, es decir, en los precisos momentos en que sus rayos caen con más fuerza. (Me iba explicando y yo me reía, aunque no fuera cómico) Por lo tanto, al subir la marea, y al ser este espacio tan cerrado,- al tratarse de una especie de bahía minúscula-, todo el calor se traspasó de las piedras al agua. Como un hielo, pero al revés. (Yo seguía sonriendo, feliz o fingiendo serlo, pensando que no le faltaba razón) -La energía no se pierde, solo se transforma, - dijo para concluir, pero ya no lo noté muy convencido, lo dijo un poco como admitiendo que citar una ley de la termodinámica era más bien idiota.
El atardecer duró más de lo que esperábamos. No había nada más que hacer que sumergirse y sentirse vivos entre tanto silencio. Así que seguimos chapoteando, en esa playa secretamente contaminada y secretamente caliente, chapoteando, levitando en ese secreto mar de piedras.
Otros, cuentan que ven un túnel.
En ese preciso momento mi madre a la luz de unas linternas, (devastada de antemano, la pobre), se abría espacio entre una veintena de curiosos y reconocía -entre unos hierros retorcidos, entre ruinas del presente- mi cuerpo y el de Gonzalo. Tirados, al margen de la carretera. Casi llegando a Acajutla.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada