lunes 18 de enero de 2010

Cuando estabas en Texas


-Hola, contándote que ya nació el hijo de Gracia.

-¿De verdad? Bueno, pero no podré llegar por que aún no puedo manejar, imagináte que algunas de las quemaduras que sufrí fueron casi de tercer grado.

-No, tranquilo, solamente para que sepás.

- Ah bueno, excelente, gracias. Por que por el momento, no puedo. Aunque el Dr. Vélez, ¿has oído hablar de él? , un experto dermatólogo, me dice que mi proceso de cicatrización se está desarrollando a una gran velocidad, a una velocidad que supera la normal en estos casos, a casos similares de quemadas considerables, como la de mi mano.

¿Resultó como aquel refrán trillado? ¿El remedio fue peor que la enfermedad?

-Sí.

La doctora achaca estas suspicacias mías a la edad. Yo, humildemente, prefiero seguir suponiendo que se deben a el golpe en la cabeza. Le pido por favor que me haga un TAC. Me dice que no , que no tengo nada. Pero que igual me va a hacer el TAC.

Eso no es todo. Lo buscamos con mi hijo en internet. Está comprobado: el dolor de costillas flotantes es el más terrible dolor humano. Sí, superior a los dolores de parto. Curiosamente tardaré al menos nueve meses en dejar de sentirlo. Pero definitivamente, prefiero este dolor a el vértigo.

Jaime se ha portado calidad conmigo, se ha portado diez. Se ha portado magníficamente. Hijo, necesito ir a que me hagan el TAC, en el hospital. Listo, paso en veinte minutos. Hijo, luego tengo que ir a la farmacia. Perfecto. Hijo necesito una tercera opinión. Y él, aunque no sea doctor, me ofrece un largo y pormenorizado diagnóstico y me prescribe una receta, que si bien añade complicaciones a mi panorama clínico, extrañamente, me reconforta.

Cielo abajo, suelo arriba. Los muebles caminan y se estrellan en mis rodillas. Aún así - mi estupidez y mi ingenuidad no tienen límites- seguí tomando la medicina durante casi una semana. Estoy completamente drogado. Me doy cuenta - y dentro de todo me sorprendo- de que ya, a estas alturas, en mi casa me tratan como a un loco o a un retardado. O a un adicto.

El Doctor Archila me dio hiprocodona. La mezcle con el tramadol. Pero esto lo entendí mas tarde.

Sentía el vértigo y no me dormía, no podía dormir, y no me dormía no porque no pudiera dormirme sino porque llegué a entender perfectamente, -en un raro momento de lucidez- de que si me dormía, ya no me iba a despertar nunca.
Un torbellino, con el tiempo, como su ingrediente principal, como su sustancia mas viscosa. Si me preguntan de que está hecha la vida les respondo: de tiempo contaminado con memoria. El tiempo nuevo es el presente y es fugaz y brillante dentro de todo. No dura nada, ese es su secreto y paradoja, pero algo dura. El tiempo viejo es una mierda, es pura paja y nubes y neuronas obtusas y sarro . Y el tiempo que vendrá , bueno, eso todo el mundo lo sabe, no existe. No hay más tiempo que ahora y esto es, también, un muy celebrado verso de Whitman. Por si fuera poco la vida está también hecha de sueño. Y bueno, respecto a dormir, ya existe consenso: no hay nada como dormir.
Suspendí los medicamentos.

Los verdaderos nihilistas debieran dormir, dormir indefinidamente, hibernar. Los surrealistas, debieron dormir y luego ya despiertos, perfectamente despiertos llorar, no habría nada tan surreal como eso. Un valle de lágrimas. Una mala noche en una mala posada. La vida real no es nada comparada a los sueños, ¿y bueno, por qué el plural?, al sueño, así nomás, a secas.

La confusión respecto a el orden de los siguientes sucesos no hay que atribuirla exclusivamente a mi raquítica memoria. Tampoco únicamente a el desorden causado por la impresión. Sin exagerar, fue un hecho objetivamente confuso.

Hay tantas gasolineras. Hasta ese día me había manejado bien en las gasolineras. Para mí son de esos lugares donde te sentís muy cómodo, donde siempre sentís que no puede pasar nada malo. Aunque en realidad, en ellas han pasado cosas malas, -algunas incluso han explotado-. Pero esto lo reflexioné más tarde, ya en el hospital.

Mientras, intentaba mantenerme de pie, doblemente asediado por el dolor de la quemadura en la mano y el taponazo inclemente que recibí en la frente.

A mi alrededor no había casi nadie, a excepción de unos orientales en una camioneta, unos chinos de la embajada, a juzgar por las placas diplomáticas. ¿Que hacían ellos? Se limitaban a observar. Esperaban que les llenaran el tanque. Siguieron haciéndolo aún cuando caí rendido, vencido, doblegado. (A todo esto, aún cuando me doblaba literalmente del dolor seguía intentando ponerle refrigerante a el auto)

Me puse un guante. Fue lo primero que me quité luego. Pero, contrario a lo que puedan pensar, no le tengo aversión a ese guante. Ni siquiera a el tapón. Lo he vuelto a quitar varias veces, sin vacilar, sin hacerle feo.

Lo que pensé durante esos seiscientos segundos, me lo guardo y aunque quisiera contarlo no podría. Nunca estuve tan lúcido como en ese momento, la lucidez repentina de un hombre ya de cincuenta años, tirado en el piso, con la mano quemada y una severa contusión en la cabeza. Intentando llamar a su hijo, a su único hijo. Digamos que lo olvidé, digamos mejor eso.

La vida: Un torbellino. Un puto torbellino de tiempo, de personas, de conversaciones intrascendentes. -Nadie que yo sepa ha reparado en la verdadera importancia de esto : todas las conversaciones son intrascendentes. Hay comunicaciones más o menos efectivas, hay otras que no lo son. Pero trascendencia, eso nunca. Puro cruzar de antenas, pura pantomima. Uno no comunica nada , uno no se despoja de nada. Las cosas se van en realidad, las cosas y las personas te escupen o se hacen escupir.

Subí el capó del carro y luego me puse el guante. El guante, quiero insistir, fue providencial. Levanté el tapón. Seguro que fue confuso incluso para los espectadores más avezados o perspicaces. Y , claramente, debió haberlo sido aún más para los idiotas. Recapitulando: Levanté el tapón. El tapón sale disparado, choca con el capó y rebota en mi cabeza. Aturdido, percibo que a mi mano derecha le ha caído una torrentada de agua hirviendo, así que me quito el guante con mi mano izquierda. Si no me lo hubiese quitado, se hubiera incrustado el plástico en las llagas, y eso si hubiese sido, te lo digo, brutal. Despojado del guante, caigo al suelo. ¿O terminé de despojarmelo en el suelo? Ya en el suelo, con la otra mano, llamo a mi hijo con el celular. Es de las pocas cosas que pueden hacerse realmente bien con una sola mano. Le pido que escuche rápidamente mis indicaciones; le aclaro que es muy probable que caiga desmayado de un momento a otro.

Iba manejando, pensando en mi esposa, en como la estaría pasando en Texas, en que estaría haciendo en Texas. Me sorprende como uno puede ir adentro de un artefacto de hierro macizo, trasladándose de un lado a otro a una enorme velocidad, sorteando cientos de obstáculos -contundentes- que aparecen por doquier y todavía así ir pensando bobadas, ir sumergido en pensamientos que son casi metafísicos en comparación a los bólidos y a los duros y largos y reales postes de concreto. No soy el único, sé que todo el mundo lo hace así. Parece mentira, me parece que es mentira. Iba pensando -como decía- en mi esposa, en eso principalmente y también un poco en como me habrá influido el ser hijo ilegítimo en mi elección de esposa, pensándolo como siempre lo hago, apenas indagando, atando cabos ya hace ratos apretados, atándolos con pereza, con desgana. Pensando en como me habrá influido en la elección de carrera, e incluso pensando en como habrá incidido en las misteriosas formas en que me he ganado la vida, en las misteriosas formas en que la gente me quiere y me olvida, y también un poco en la mentira del calentamiento global por ejemplo y en la posibilidad cierta de un terremoto. Pensando en estas cosas pero sin concentrarme mucho en ellas, apenas dejándolas cruzar, o presintiéndolas como han de presentir los burros la visión de lo que tienen directamente enfrente. Vi la aguja de la gasolina, generalmente engañosa, luego por descuido, casi sin querer, reparé en la de la temperatura : el carro estaba calentando, así que paré en la gasolinera.