Había sido en realidad una discusión boba. No logro recordarla bien. Pero creo que algo le dió celos a ella. Eran todavía los tiempos en que ella era capaz de sentir celos, celos de mí, por mí (!Increíble!). Se enojó bastante, pero estoy casi seguro que no lloró. Se entristeció, eso sin duda.
Total, que se fue de vacaciones, con su mamá. A Honduras. Bueno, yo conozco Honduras, conozco bien Honduras. No me parecía nada descabellado seguirla. Entiéndase seguirla de sorpresa, sin avisarle. Era la única salida lógica, el unico escape a la aflicción que sentía, al embrutecedor miedo de perderla. Así que decidí ir, partir el mismo día que ella, llegar a la misma hora. La cabeza comenzó a darme vueltas, y yo a la vez comencé a dar vueltas por la casa, impaciente, buscando concentrarme. En la casa se vivía un ambiente peculiar: le estaban dando en vivo un golpe de estado a Chávez, así que todos estaban pegados de la televisión. Mostraban una y otra vez imágenes de unos chavistas disparando, según nos explicaba venevisión, disparandoles a los manifestantes, a sangre fría. El sentir general (mediático) podía resumirse con dos afirmaciones: número uno, que Chávez era un tremendo hijo de puta. Y número dos, que ya era hora.
A mí en cambio, aunque parezca dificil de creer, Chávez me simpatizaba.
Yo también quería estar al tanto de la televisión, pero a la vez tenía este plan entre ceja y ceja que me hacía moverme de un lado a otro, que me hacía caminar como un loco, que me llevaba a hacer surcos invisibles entre la sala y el comedor, entre el comedor y el dormitorio, del dormitorio al comedor y vuelta de nuevo a la sala. (He pasado albergando planes de ese estilo durante toda mi vida. Mi mejor biografia, la única no autorizada, solo podría surgir de esos surcos invisibles).
Y cuando de verdad quiero hacer algo, lo escribo. Así que me aparté de la televisión y de mis hermanitos que a su corta edad, a punta de venevisión, estaban aprendiendo diligentemente lo hijos de puta que pueden llegar a ser los Chávez del mundo. Me aparté, y en una hoja de papel en blanco, escribí lo que necesitaba. Necesitaba dinero, eso estaba claro. En ese tiempo casi no tenía, -evidentemente ahora me sobra-. Pero haciendo cuentas, era capaz de reunir unos veinticinco dólares, y con eso podía arreglármelas, un bus a Tegucigalpa en esos tiempos costaba unos nueve dólares. También necesitaba alguna información. (Con lo abrupto de la pelea y lo amargo del adiós, claramente no habíamos entrado en detalles sobre el viaje.) Concretamente, no sabía en que hotel estaba hospedada. Pero eso podía solucionarse, siempre he tenido amigos eficientes en Honduras y sus pantanos aledaños, esas gestiones serían delegadas. Era aquí que venía la parte complicada. Había sido asaltado hace poco, me había quedado sin papeles. En realidad, nunca he sido muy amigo de los documentos de identificación, nunca me ha gustado sentir que le estoy pidiendo permiso de existir a un Estado. No entiendo por qué tendría que llevar un papelito con mi nombre (¿con mi nombre?) para salir a la calle. (Reflexiono: los verdaderos anarquistas debieron comenzar quemando todas las oficinas de registro, si lo hubiesen hecho estaríamos mucho mejor, habríamos avanzado. Pero prefirieron dispararles a los príncipes, estrategia -demás está decirlo- probadamente equivocada). En fin, que no contaba ni con el documento de identificación expedido por el estado fallido en el que habitaba, ni con un pasaporte que me permitiera, en puridad, huir de esta ficción geopolítica. Era, para mayor inri, sábado, así que no podía optar por una solución burocrática. ¿Qué hacer? Se repetía la vieja pregunta leninista, y la respuesta era siempre la misma. Probaríamos suerte, Trotsky, probaríamos, con suerte nos recibirá un hacha cuando lleguemos a México. O a Honduras. Ya teniendo escrito el plan, que en honor a la verdad no era muy complejo que digamos, decidí ponerle nombre. Llevabamos tres años juntos. ¿No estarían mal unos seis más o no? El nombre, que me guardo por pudor, hacía alusión a ese afán de perpetuarse.
Partí ese mismo día, en bus. Cuatro horas después, llegando a la frontera, aparece el reto de como cruzarla. Me bajo del bus rápidamente, para evitar que los empleados me soliciten los papeles. Me acerco a un puente y le pregunto, a el primer niño que veo, si sabe dadas mis circunstancias, cómo cruzarlo. Me dice, muy proactivamente, que me despreocupe, que él me resuelve el problema. Solo necesita cinco dólares. Cifra que me pareció correcta y razonable. Me pide que espere. Se acerca a un soldado. El tipo me observa meticulosamente desde lejos, y yo no puedo evitar pensar que está excesivamente armado. El niño regresa, informándome que el soldado accederá a dejarme pasar a cambio de otros cinco dólares. Mis finanzas comienzan a flaquear, pero en el momento no veo otra escapatoria. Así que acepto el trato, le entrego el dinero al niño y cruzo el puente, sin siquiera voltear a ver a el soldado. No puedo tampoco ignorar a la considerable cantidad de personas que están cruzándolo al mismo tiempo que yo, supongo que se trata de nativos,vendedores de cocacola, cambistas, en fin, gente sin nacionalidad y con la suficiente lucidez cómo para que no les importe un comino.
Cuando me vuelvo a sentar en el bus me siento un poco estafado y también un poco indigno. A decir verdad, esta sensación me acompañará, con altos y bajos, durante todo el viaje. En la tarde ya me encuentro en Tegucigalpa y mi amigo va a recogerme. Ya tiene las flores. Ya conoce el hotel en que está hospedada. ¿Cómo lo hizo? Simplemente llamó preguntando por ella a todos los hoteles de la guía telefónica y fue descartando. Según creo recordar,me dijo que acertó al tercer intento.
Esperamos en el lobby. Yo estoy un poco afuera, escondido con las flores. La mandamos a llamar, mi amigo se adelanta y le pide que salga.
Unos minutos despues, estamos en en el carro de mi amigo, dando vueltas sin rumbo definido. Ella está visiblemente emocionada. Yo estoy absurdamente nervioso. Mi amigo por el contrario, está tranquilo, satisfecho, dueño de sí. No puedo, aunque quiera, ignorar que ella le dirige una atención desmedida, en la medida en que yo esperaba, razonablemente, exclusividad. Ella en cambio, no parece verlo así, bromea y cuenta todo tipo de anécdotas enrevesadas, las cuales dirige indistintamente a mí amigo o a mí . Vamos al bar del hotel. Pido un solo trago, un trago considerablemente caro.
En la televisión del bar toma posesión el presidente golpista de Venezuela, un viejito calvo. Ha disuelto el congreso y otras instituciones, al parecer también adolece de ciertas tendencias autoritarias. Nosotros estamos cogidos de la mano, y a ella todo esto creo que le parece romántico, mucho más de a lo que está acostumbrada. Y como todo lo auténticamente romántico, tambien es indefiniblemente triste. Veo, desde la enorme ventana del bar, sin ningún interés, las pocas luces, los pocos edificios de Tegucigalpa.
Ya en la casa de mi amigo, conversamos. Escuchamos música, primero la de un insoportable grupo hondureño, del cual mi amigo se declara fan entusiasta. Mi educación y mi cortesía me hacen soportar el disco completo, sin queja alguna. Luego, pongo a los Beatles. Y los escuchamos hasta el amanecer, canción por canción. Pegajosas cancioncitas pop sobre parejas cogidas de la mano, sobre ingenuas parejas del siglo veinte, sencillas historietas de amor británicas. Mi amigo me ofrece amablemente que me quede más tiempo, pero en realidad estoy cansado y la misión ya está cumplida. No vine de vacaciones. Así que tomo un taxi y me voy en el primer bus.
En las madrugadas hace frío, incluso en el trópico.
No quisiera admitirlo, pero estoy exhausto. Y falta aún pasar por la frontera, donde me pedirán un sello inexistente, comprobante de un viaje que nunca sucedió. Me arrebullo en el último asiento. Es hasta entonces que se me ocurre, muy naturalmente, el mejor plan, el plan que debí haber ejecutado desde el principio. No me bajaré del bus a hacer ninguna pantomima, simplemente me quedaré ahí dormido. Esta idea, como era de esperarse, funciona a la perfección. Despierto con un enorme dolor de cabeza y sudando copiosamente. Me encuentro, sano y salvo, en otro caluroso punto de Centroámerica. Y dentro de todo, me siento satisfecho. Sí, es una escaramuza innegablemente boba, pero al final del día, soy yo el que me cuelgo las medallas. Aún no me explico por qué tendrían que ser, precisamente éstas, más indignas que las otras.
Cuando llego a casa, pareciera que acabara de irme. Mis hermanitos, aún sin uso de razón, siguen rodeando la televisión, entusiastas. El golpe fracasó. El viejito calvo ha sido debidamente encarcelado. Chávez ha sido reinstalado en el poder.
Todo apunta a que se quedara algunos años más.
De hecho, aún sigue ahí.
Nuestra relación, en cambio, terminó ese semestre.
2 comentarios:
"En las madrugadas hace frío, incluso en el trópico".
Fantástico. Bastante Real Visceral. Me gusto mucho la nota. Por un momento me sentí en la Utila.
Da la casualidad que tengo 7 días de andar deambulando por esta gran ciudad, tratando de sacar documentos de identidad y mi esfuerzo ha sido en vano. Me dio demasiada risa eso. Creo que más tarde me dará más risa, y si quiero aun más mañana.
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