jueves 2 de abril de 2009

Samuel y las moscas


Lo que mas llamaba la atención eran las moscas. Está mal que lo diga, pero la razón por la cual esa piel adherida completamente a los huesos, y ese rostro hundido, y esas ojeras, y esa mirada que tenía una resignación molesta e inquietante, la razón por la cual ese cuadro era realmente insoportable eran las moscas. Las moscas, que eran una nube, estaban encima de casi de todo el cuerpo, como esos pedazos de carne salados olvidados en las carnicerías de los pueblos, que aun así inexplicablemente parecen esperar un comprador. O esos imbeciles que se dejan cubrir de abejas, con sus trajes de astronauta frustrado, cargando ese anonimato intrascendente. Estaba completamente cubierto; a excepción hecha del rostro, que el sonido de la voz, o la respiración necesariamente débil alertaba que se trataba de una superficie viva, y no de un pedazo de carroña, un buey o un perro muerto. Los perros y los bueyes muertos no respiran, y las moscas entonces no se andan con delicadezas. Simplemente las moscas siguen a los muertos como las abejas a la miel, si se me permite una analogía tan entomológica, tan poco poética. Ahora bien, no creo que Samuel jamás haya leído un poema, así que me parece justo el evitar utilizar, al hablar de él, cualquier giro excesivamente musical. ¿Por qué tendría que escribir poéticamente sobre cómo estaba cubierto de moscas, y sobre cómo sus hijos ya estaban cansados de espantárselas, días antes de su muerte? Supongo que Samuel de alguna forma estaría de acuerdo, a decir verdad, en el fondo, no me importa demasiado. Considero necesario distinguir entre las cosas importantes y las que no lo son tanto, guardar cierta jerarquía. Las moscas por ejemplo, son importantes. Como decía, Samuel era su nombre, y no puedo evitar preguntarme que importancia podrá tener que alguien lo sepa, que importancia, si lo único que importa al fin y al cabo es que su cuerpo estaba lleno de moscas, y quizás –pero esto menos- que estaba condenado a muerte, condenado sin remedio por el sádico de arriba. Me cuesta un poco distinguir, pero es que no quisiera divagar demasiado. Está a punto de morir también, pero eso es menos interesante. Puede morir en cualquier instante, es cierto, pero no se diferencia de ninguno de nosotros debido a ello. Estas podrían ser mis últimas palabras escritas, podría caer fulminado ahora mismo por cualquier razón, ni siquiera recordaría cuales fueron mis ultimas palabras, que serían seguramente algo del estilo – A mi también me gusta esa salsita, o cualquier otra genialidad igualmente trascendente. Podría morir ahorita mismo por cualquier razón -bastante imaginable después de todo- y la verdad, viéndolo bien, sería algo incluso quizás deseable. La mortalidad es tan cotidiana y conveniente que desde hace ratos me parece un tópico aburrido. Quiero decir que no le encuentro lo trágico. Me pregunto cuantos ancianos no se despertaran mañana. Han de ser tantos, ha de ser tan rutinaria y estadística esa colecta mortal, esa colecta diaria, ha de existir una media tan constante que seguramente es fácilmente predecible. La han de conocer perfectamente las compañías de seguros, utilizan formulas, lo terminan averiguando. Seguro saben ya de que te vas a morir, aunque esa razón resulte ser algo como tropezarse con el jabón en la bañera. Una muerte así, tan insulsamente absurda, que sin duda ha de ocurrir todos los días. La muerte es, en realidad, un tema tremendamente insípido.
No contaré por que lo conocí, a que me dedico, todas esas conexiones que me llevaron a estar en contacto con Samuel, el cáncer y las moscas. Quien lea esto tendrá que prescindir de un personaje por lo demás bastante prescindible, y no solo a efectos de este relato. Todos somos prescindibles, y estoy bastante conciente de ello. No creo, por ejemplo, que Samuel haya pensado en mí antes de morir, quizás alguna vez, cuando se espantaba ya sin ganas a las moscas, con esos brazos que parecían palos de escoba, quizás, se acordara de mí fugazmente. Si el cáncer se lo permitía, si los dolores le dejaban pensar en algo distinto al dolor, en algo diferente a su cuerpo que sentía el dolor, en su cuerpo que llamó al cáncer y en el cáncer que llamó a las moscas. (¿y a mí quien me habrá llamado, porqué esta no solicitada revelación?) En todo caso preferiría que pensara en el cáncer o en las moscas antes que en mí.
El cáncer hacía que su cuerpo desprendiera cierto líquido, que no drenaba correctamente su riñón, me imagino, putrefacto. Las primeras veces que lo ví, me explicó, con una amabilidad y una resignación al borde de lo indignante, que este líquido atraía misteriosamente a las moscas. Podría decirse que me lo explicó casi con orgullo, como si me estuviera explicando como leer la hora en las estrellas o alguna curiosidad por el estilo. En el momento me pareció una explicación sensata, tiempo atrás había conocido –por cierto, demasiado bien- a cierta persona a quien la hostigaban invariablemente los zancudos, mientras a mí me ignoraban completamente. Esto sucedía a mi parecer por un perfume que reunía casi en la misma exagerada proporción las indeseables virtudes de ser dulce y caro, perfume dulce y caro que paradójicamente tenía similar efecto al del líquido que salía del órgano putrefacto de Samuel. No pretendo seguir indagando mas para entender esta aparente contradicción de los insectos, simplemente me parece bien que Samuel también haya dado con esa explicación tan satisfactoria, obviando la más plausible y tradicional, de que las moscas están irremediablemente atraídas hacia todos los seres vivos que ya no lo están tanto, como esos pedazos de vaca que cuelgan en las carnicerías.
De Samuel podría decirse que era un tipo listo, y era un tipo fuerte, demasiado fuerte para mi gusto. Quiero aclarar que podría decirse que era listo y fuerte por esa terrible ambigüedad de las situaciones y las palabras y las apreciaciones, que nos permiten perfectamente llamar inteligente y fuerte a un tipo que se deja morir como un perro atropellado, agonizando como un animal cubierto de insectos. Al decir que era fuerte me refiero, al hecho de soportar esa situación sin quejarse en absoluto, estoicismo que me parece algo bastante cercano al mal gusto. Bueno, no soportaba realmente su situación sin quejarse en absoluto, -esto era lo peor de todo- pues era considerado: se quejaba lo mínimo como para no insultar la sensibilidad de sus visitantes, que al igual como se hubieran escandalizado si los recibiera con una sonrisa permanente, lo hubieran hecho si se pasara gritando desgarradoramente sin cesar. Es decir, se quejaba lo justo para tranquilizar la conciencia de sus visitantes que no hubieran tolerado una conducta tan ejemplar – hubieran sentido que les estaba dando una lección insoportable- y a la vez como para no hacerlos hartarse expresamente de él y de su enfermedad. Si hubiera gritado o se hubiera quejado mucho, estoy seguro que de alguna manera sus vecinos acelerarían su muerte. Si no se quejaba en lo absoluto, esto tendría naturalmente el mismo efecto, por lo cual con su comportamiento Samuel velaba por la salud y buena conciencia de sus visitantes. Hay que condescender que, en realidad, es difícil visitar a un moribundo, y sobre todo a uno en ese estado, pero entonces en un caso como este, simplemente se debería optar por lo más sensato: no realizar visitas. ¿Qué acaso no tenía suficiente con las moscas? En cuanto a mí, su comportamiento no ejercía el mismo efecto tranquilizante, pues en el fondo yo veía la terrible virtud que albergaba esa conducta, esa terrible naturalidad, ese delgado equilibrio que guardaba para no molestar a nadie. Por mí que hubiera mandado al diablo a todos esos vecinos. Esas visitas eran, a mi forma de ver, insoportables, falsamente cariñosas, falsamente naturales. Entraban con el mismo aire con el que entrarían a conocer a la nueva hija, depositaban los bananos y las guayabas en un mismo lugar, como si fueran a tener un picnic, una tarde apacible. Eso me parecía inconcebible, esa naturalidad no debería ser permitida. Me hubiera gustado decirle: Samuel, usted sabe que esta gente no lo entiende, ¿como lo puede consolar que estos falsos lo visiten?. Ellos no podían entenderlo, ni yo, que por lo demás espero nunca poder hacerlo. Me hubiera gustado susurrarle al oído: ¡Usted no necesita a esta gente, con sus mangos y bananos y bromas! Las visitas trataban de hacerlo reír, y Samuel se dejaba, dócil; yo hubiera querido que él y las moscas los hicieran llorar, eso es todo. Un poquito de sentido común. Pero lo peor es que debo admitir que en el fondo eran visitas entrañables, y todos parecían irse tan entusiasmados, resultaba algo verdaderamente conmovedor. ¡Pero gracias a Samuel y sus sonrisas y sus quejitas de vez en cuando! ¡Y definitivamente no por los mangos y no por los niños, que habían sido amaestrados previamente en las casas para decirle tío Samuel y sonreírle aunque en el fondo le tuvieran miedo! Porque se notaba que le temían, y Samuel tenía que darse cuenta, porque alguien que en sus buenos tiempos puede cazar un cuzuco con las manos o comunicarse con los gatos, no creo que no adivine esas sutilezas, que no pueda leer el desagrado en los ojos, crueles y sinceros de los niños, los ojos de los niños, que al igual que todos los niños son crueles y sinceros. Crueles como podría serlo yo, con los ojos crueles con que podría haberlo visto en un buen día. Y es que alguien que comprende la razón por la cual atrae moscas y visitantes, tiene que darse cuenta que los niños necesariamente deben de tenerle pavor. Y en el fondo era tan natural que se lo tengan, con ese aspecto fúnebre, con esa calavera por cara, con una calavera con pelo que no quisiera que actualmente se me apareciera, ni siquiera en sueños. Tampoco quisiera soñar con esos oscuros niños en la champa diciéndole Tío Samuel. Peor aún, jamás quisiera soñar con unos tenebrosos niños diciéndome a mí Tío Samuel. No quisiera ser él, pero tampoco quisiera ser mi madre o mi padre, ni el vigilante o el niño que reparte el pan, y ninguno de ellos tienen cáncer, quizás ninguno de ellos tendrá jamás cáncer. Por lo demás obviamente no quisiera ser ni siquiera yo mismo, por lastimoso y patético que esto suene.
Pero dije que no hablaría sobre mi mismo, que me centraría principalmente en las moscas y todo aquello que pueda resultar ser medianamente interesante, sin embargo a estas alturas creo que ya he contado lo esencial. De pasada menciono que Samuel era pobre, pues este es otro aspecto que carece de verdadera importancia. Me refiero a que no hay que subestimar la curiosa habilidad humana de poder llegar a ser terriblemente infeliz con o sin cáncer, con o sin dinero. Me imagino que el destino se las hubiera ingeniado para hacerlo enloquecer o empujarlo caprichosamente al suicidio si hubiese sido rico y hubiera podido pagar un tratamiento medico, y de paso, ¿por qué no? una alimentación decente. A veces hago un ejercicio de imaginación similar –un poco más realista, pero no del todo realmente- y me pregunto que hubiera pasado si Samuel hubiera conseguido los veinticinco centavos para el pasaje, el pasaje de bus que lo llevaría a una segunda consulta médica. Claro, no me hago demasiadas ilusiones. Aun cuando pudiera pagarlo, los médicos lo terminarían desahuciando tarde o temprano. Lo único que hubiera sacado es que todo el proceso hubiese sido más trágico, o dudoso, o emocionante. En fin, una muerte mas entretenida, que no es poco. Quiero decir, esas entrañables visitas eran conmovedoras, pero igual de cierto es que también eran francamente aburridas. Los médicos en cambio se rodean de un suspense inigualable, me consta.
Una de las ultimas veces que vi a Samuel, pues ya me era indispensable terminar con esa relación -lo que constituyó en su momento un merecido alivio- insistió en explicarme, muy a mi pesar, toda su preparación psicológica para la muerte, preparación que constaba por supuesto casi exclusivamente de artimañas religiosas, pues era del tipo creyente, primero fervorosamente católico y luego inevitablemente -por exceso de fervor- protestante. A mí, claro, ambas me son completamente indiferentes, y no respeto más al mago ni por el tamaño del sombrero, ni por el tamaño del conejo. Es un consuelo normal, que me parece obvio en un campesino, y creo que lastimosamente consiste en la regla general para un enfermo de cáncer. Supongo que he sido la excepción que confirma esa regla. Yo también hubiera querido para mí menos visitas, y a diferencia de Samuel me he quejado cuanto he podido, no he permitido conciliar un momento de paz a quien se me acerca, ¿qué puedo decir? Al principio, sentí mucho dolor y el dolor ha fluido de mí hacia los demás, libremente. Es más sensato temer a los vivos que a los muertos, así como es mejor tener una mascota que una esposa.
Me agrada tener pensamientos de este tipo, reconfortantes y simpáticos, especialmente en estos últimos días, que han sido definitivamente los mejores; aunque claro, inevitablemente he tenido que acordarme de Samuel y hacerlo constar acá. No he podido por lo demás, dejar de compadecerlo. No creo –y creer es un decir- que exista un consuelo religioso más potente y generoso que la morfina.
Lo absurdo de la vida se me ha presentado como un horror. La muerte simplemente se me presenta. Ni siquiera debo esforzarme demasiado, quiero decir, estoy completamente sedado, el dolor huye de mí, el cáncer huye de mí, huyen de mí todos los niños y todos los perfumes, estoy, por fin, como siempre debí haber estado, arropado por centenares de moscas.

4 comentarios:

El Pájaro Rojo dijo...

Está muy interesante. Y eso, creo yo, se lo debés a las figuras utilizadas; pero, sobre todo, al ritmo que es envolvente.

Javi Serani dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Javi Serani dijo...

Escalofriante..... nosé si las moscas, Samuel o el Relator.....pero tco quiero ser una visitante, parece-

Gonzalo Talavera Forlin dijo...

Buena, doctor, muy buena... oscura, con imagenes muy buenas.
saludos